Tarea 1 · Exposición sobre un tema (mediación)
En la preparación lees un artículo de 750 a 850 palabras, elegido entre dos. En la sala, sin que el entrevistador te interrumpa, tienes que resumir sus puntos principales, valorar el texto y dar tu opinión sobre el tema.
Opción A
La semana de cuatro días
Un artículo sobre las empresas que prueban a trabajar cuatro días a la semana sin bajar los sueldos: lo que dicen sus defensores y sus críticos. Unas 800 palabras.
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Artículo escrito para practicar: las personas, los estudios y los datos que cita son inventados.
La semana de cuatro días: ¿trabajar menos para trabajar mejor?
Cada vez más empresas prueban a reducir la jornada sin bajar los sueldos. Sus defensores hablan de equipos más motivados y productivos; sus críticos, de un modelo que no sirve para todos los sectores.
Durante más de un siglo, la semana laboral de cinco días y cuarenta horas ha parecido una ley de la naturaleza. Sin embargo, en los últimos años esa certeza ha empezado a resquebrajarse. En distintos países europeos, también en España, algunas empresas y administraciones han puesto en marcha pruebas para trabajar cuatro días a la semana manteniendo el mismo salario. La idea, que hace una década se habría considerado una utopía, se discute hoy en consejos de dirección, sindicatos y parlamentos.
Los defensores de la medida parten de una observación sencilla: más horas no significan necesariamente más resultados. «Buena parte de la jornada se pierde en reuniones innecesarias, interrupciones y tareas que nadie revisa», explica una consultora especializada en organización del trabajo que ha acompañado a varias empresas en el cambio. «Cuando el tiempo se reduce, los equipos se ven obligados a decidir qué es realmente importante». Según su experiencia, las compañías que han dado el paso no se han limitado a quitar un día: han revisado sus procesos, han acortado las reuniones y han eliminado tareas que no aportaban nada.
Los resultados que describen estas empresas suelen ser positivos. Hablan de trabajadores menos cansados, de menos bajas por estrés y de una mayor facilidad para atraer y retener talento, especialmente entre los profesionales más jóvenes, que valoran el tiempo libre tanto como el salario. Una pequeña empresa de diseño gráfico, por ejemplo, asegura que desde que cierra los viernes recibe el triple de candidaturas en sus ofertas de empleo. «Aquí ya nadie quiere irse», resume su fundadora.
No todas las empresas lo han organizado de la misma manera. Algunas cierran un día fijo, normalmente el viernes, mientras que otras reparten los días libres entre los empleados para que siempre haya alguien atendiendo a los clientes. Hay también quien ha preferido reducir unas horas cada día en lugar de eliminar una jornada completa. Esta variedad, según los especialistas, demuestra que no existe una fórmula única: lo importante sería adaptar el modelo a cada actividad.
El argumento no es solo económico. Para muchos especialistas en salud laboral, la semana de cuatro días es también una respuesta al agotamiento que se ha extendido en numerosos sectores. Un día más de descanso permite dormir mejor, hacer deporte, cuidar de la familia o, simplemente, no hacer nada, algo que, recuerdan los psicólogos, también es necesario. Hay incluso quien sostiene que la medida tendría efectos positivos sobre el medio ambiente, al reducir los desplazamientos diarios.
Sin embargo, las voces críticas son numerosas y no siempre proceden de los mismos sectores. Muchos empresarios advierten de que el modelo funciona en las oficinas, donde el trabajo se mide por objetivos, pero resulta difícil de aplicar en hospitales, comercios, fábricas o servicios de atención al público, que necesitan personal todos los días. «Un supermercado no puede cerrar los viernes, y contratar a más gente para cubrir ese día tiene un coste que muchas pequeñas empresas no pueden asumir», señala el responsable de una asociación de comerciantes.
Otros temen que la reducción de la jornada se traduzca, en la práctica, en más presión. Si las mismas tareas deben hacerse en cuatro días en lugar de cinco, el riesgo es que los empleados acaben alargando cada jornada o respondiendo correos en su día libre. «Hemos visto casos en los que el viernes libre se ha convertido en un viernes de teletrabajo encubierto», advierte un representante sindical, que defiende la reducción de horas, pero pide que se vigile cómo se aplica.
Tampoco hay acuerdo sobre los datos. Las pruebas realizadas hasta ahora han sido, en su mayoría, voluntarias y de corta duración, y en ellas han participado empresas que ya estaban convencidas de las ventajas del modelo. Algunos economistas recuerdan que es difícil saber si los buenos resultados se mantendrían a largo plazo o si se deben, en parte, al entusiasmo inicial de quienes participaron. Para ellos, antes de generalizar la medida haría falta estudiarla durante varios años en empresas de distintos tamaños y sectores.
Entre ambas posturas, cada vez más expertos proponen soluciones intermedias: reducir la jornada de forma gradual, permitir que cada empresa adapte el modelo a su actividad o combinar la semana de cuatro días con horarios flexibles. Lo que parece claro es que el debate no va a desaparecer. La pandemia demostró que muchas formas de trabajar que parecían inamovibles podían cambiar en pocas semanas, y la pregunta ya no es solo cuánto trabajamos, sino cómo y para qué.
Quizá por eso, más allá de las cifras, la discusión sobre la semana de cuatro días es también una discusión sobre el lugar que ocupa el trabajo en nuestras vidas. Para unos, se trata de una oportunidad histórica de recuperar tiempo; para otros, de un lujo que solo pueden permitirse algunos sectores. Mientras tanto, las empresas que la han probado siguen sumando argumentos, y las que dudan observan con atención.
Opción B
La inteligencia artificial en clase
Un artículo sobre cómo reaccionan los centros educativos ante los asistentes de inteligencia artificial: prohibirlos o enseñar a usarlos. Unas 800 palabras.
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Artículo escrito para practicar: las personas, los estudios y los datos que cita son inventados.
Inteligencia artificial en clase: ¿una ayuda o un atajo?
Los asistentes de inteligencia artificial han entrado en las aulas antes de que los centros educativos supieran qué hacer con ellos. Mientras unos profesores los prohíben, otros los convierten en una herramienta más.
Hace apenas unos años, la mayor preocupación de muchos profesores era que sus alumnos copiaran los trabajos de internet. Hoy el reto es muy distinto: cualquier estudiante con un teléfono móvil puede pedir a un asistente de inteligencia artificial que le escriba una redacción, le resuelva un problema de matemáticas o le resuma un libro en pocos segundos. La tecnología ha llegado a las aulas sin pedir permiso y ha obligado a escuelas, institutos y universidades a replantearse qué significa aprender.
La primera reacción de muchos centros fue la prohibición. Algunos bloquearon el acceso a estas herramientas desde sus redes, otros endurecieron las normas contra el plagio y hubo quien volvió a los exámenes escritos a mano. «Si un alumno entrega un texto que no ha escrito, no estamos evaluando lo que sabe, sino lo bien que maneja una aplicación», argumenta un profesor de Lengua de secundaria. Para él, el problema no es la tecnología en sí, sino el atajo que ofrece: el esfuerzo de escribir, equivocarse y corregir es precisamente lo que hace que se aprenda.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la prohibición ha mostrado sus límites. Las herramientas son cada vez más difíciles de detectar, y los programas que prometen identificar los textos escritos por una máquina se equivocan con frecuencia, hasta el punto de acusar a estudiantes que habían hecho su trabajo honradamente. Además, muchos docentes se preguntan si tiene sentido prohibir en clase algo que los jóvenes utilizarán en su vida profesional.
Por eso, una parte creciente del profesorado ha optado por otro enfoque: enseñar a usar la inteligencia artificial de manera crítica. En lugar de pedir una redacción para casa, algunos profesores piden a sus alumnos que comparen el texto de un asistente con sus propios argumentos, que detecten sus errores o que expliquen en clase, de viva voz, cómo han llegado a una conclusión. «La máquina puede darte una respuesta, pero no puede pensar por ti», resume una profesora universitaria que ha rediseñado sus asignaturas en los dos últimos cursos. «Lo que tenemos que evaluar ahora es el proceso, no solo el resultado».
Quienes defienden este enfoque señalan además algunas ventajas claras. Un asistente bien utilizado puede explicar un concepto de varias maneras, proponer ejercicios adaptados al nivel de cada estudiante o ayudar a quienes no pueden pagar clases particulares. Para los alumnos con dificultades de aprendizaje, o para quienes estudian en una lengua que no es la suya, puede ser un apoyo valioso, siempre que no sustituya al trabajo propio.
Los propios docentes, además, han empezado a utilizar estas herramientas en su trabajo diario. Algunos las emplean para preparar materiales, diseñar ejercicios de distintos niveles o revisar borradores con más rapidez, lo que les deja más tiempo para atender a cada alumno. Otros, en cambio, desconfían: consideran que la relación entre profesor y estudiante no puede dejarse en manos de una máquina y temen que la presión por ahorrar tiempo acabe empobreciendo la enseñanza. «Una herramienta que me ayuda a preparar las clases es bienvenida; una que pretenda sustituirme, no», resume una maestra con veinte años de experiencia.
Los críticos, en cambio, temen que esa dependencia sea difícil de evitar. Algunos psicólogos de la educación advierten de que, si los estudiantes se acostumbran a delegar tareas como resumir, organizar ideas o redactar, pueden perder habilidades que solo se adquieren con la práctica. También preocupa la calidad de la información: estos sistemas pueden dar datos incorrectos con total seguridad, y no todos los jóvenes tienen los conocimientos necesarios para darse cuenta. A ello se suman las dudas sobre la privacidad de lo que los alumnos escriben en estas plataformas.
Las familias, por su parte, se encuentran a menudo desorientadas. Muchos padres no saben si deben permitir que sus hijos usen estas herramientas para hacer los deberes, ni cómo distinguir entre una ayuda razonable y una trampa. Los expertos coinciden en que la respuesta no puede quedar en manos de cada familia o de cada profesor: reclaman criterios comunes en los centros y una formación específica para los docentes, que en muchos casos han tenido que aprender sobre la marcha.
En el fondo, lo que está en juego es una pregunta antigua: ¿para qué sirve la escuela? Si su función es transmitir información, la inteligencia artificial puede parecer una competidora imbatible. Pero si su objetivo es enseñar a pensar, a argumentar y a convivir, la tecnología puede convertirse en una aliada, siempre que se use con criterio. Como recordaba hace poco el director de un instituto, «las calculadoras no acabaron con las matemáticas; cambiaron la manera de enseñarlas». Está por ver si con la inteligencia artificial ocurrirá lo mismo.
Cómo hacerla, paso a paso
- En la preparación, lee el artículo dos veces: la primera, para entender de qué trata; la segunda, para marcar las ideas principales y las posturas.
- Haz un esquema en tres partes, como pide el examen: resumen, valoración y opinión. Con palabras clave, no con frases.
- Resume con tus palabras. No sigas el texto párrafo a párrafo: agrupa las ideas y nombra las dos posturas.
- Valora el texto: si es claro, qué intención tiene el autor y si sus argumentos son sólidos (abajo, lo que propone Alicia).
- Termina con tu opinión, con argumentos y, si puedes, con una experiencia tuya. En el modelo de examen, si a los 3 minutos no has empezado a valorar y opinar, el entrevistador te avisa del tiempo que queda.
Para valorar el texto: lo que propone Alicia
- ¿Qué quiere el autor: cambiar la opinión del lector (persuadir), denunciar una situación (criticar) o empujar a la acción (exhortar)?
- ¿Qué estilo usa? ¿Es irónico? ¿Es muy técnico y objetivo? ¿Usa metáforas alarmistas?
- ¿Qué palabras del texto buscan un efecto en el lector o en la sociedad?
- ¿Son consistentes y válidos los datos o los ejemplos que presenta?
- ¿Deja fuera una parte importante de la realidad (por ejemplo, los costes económicos, la brecha social o la dificultad práctica) para que su postura parezca perfecta?
- Y, al final, tu opinión sobre el tema, explicando tus motivos.
Frases útiles y tips de Alicia
Frases útiles
- «El artículo trata de…»
- «Según el autor,…»
- «La idea principal es que…»
- «El texto presenta dos posturas:…»
- «Por un lado…; por otro,…»
- «Me parece un texto claro, aunque…»
- «Lo que pretende el autor es…»
- «El argumento más sólido es…»
- «En mi opinión,…»
- «Por mi experiencia,…»
Tips de Alicia para la tarea 1: lo que conviene dominar
- Resumir, sintetizar y valorar o criticar un texto de carácter público, profesional o académico
- Estructura formal y clara, dividida en partes
- Intención del autor, estilo usado en el texto, opinión personal fundamentada
